miércoles, 19 de septiembre de 2012

The (Mercè Rodoreda) Experience III

The (Classic) Experience es una sección de Lector Empedernido -como si yo fuera el único intelectual que reseña clásicos- en la cual haré pequeñas reseñas de las novelas clásicas que vaya leyendo (desgraciadamente, son pocas). Esta sección es aperiódica, es decir, tendréis una entrega siempre que a mi me salga del monóculo.


El carrer de les Camèlies, de Mercè Rodoreda

La dejaron abandonada en una cesta, al pie de una reja de un jardín y el vigilante la encontró. Casi recién nacida y con un papel en el pecho enganchado con un imperdible donde habían escrito en lápiz su nombre: Cecília Ce. Cecília estaba bien escrito, con buena letra, pero Ce estaba tembloroso, irregular, como si quien lo escribiera hubiera estado llorando.
Cecília fue acogida por el señor Jaume y la señora Magdalena, amos de la casa donde la habían dejado. Su risa de bebé los conquistó. Pero Cecília era una niña muy rara, que odiaba estar entre los muros de esa casa. Y no sabía si su padre era un pianista o un criminal. Decían que podría ser un pianista porque tenía las manos grandes y delgadas, y que podría ser un criminal porque tenía el lóbulo de las orejas enganchado a la cara, y eso era signo de maldad. Por eso se escapa un día y va al Liceu, solo quiere ver a los músicos pero cuando llega los músicos ya han entrado. Y un chico, con un un mechón de cabellos sobre la frente, la ve perdida y la lleva a casa. Ese chico se llamaba Eusebi.
Esta es la historia de Cecília Ce. La niña que fue abandonada en la calle de las Camelias.

És veritat que m'havia posat a viure amb ell quan ja no m'agradava massa, vull dir quan veure'l ja no em feia tremolar, però aviat em va tornar a agradar moltíssim, de ben a la vora, i ell era com si es morís, i em deia que des del dia que li havia demanar que em tirés aigua per esbandir-me no havia tingut cinc minuts de pau com si un déu dolent l'hagués condemnat a pensar només en mi. Em parlava de les nits que havia passat mirant la nostra barraca perquè jo era a dins, i deia que segons quines nits em veia amb ulls de pensament d'amor, i em veia sortir de la barraca però que jo no era de debó, només la il·lusió de mi, i que quan em tenia a tocar m'abraçava i quan es despertava del seu somni despert es trobava abraçat amb la nit. I sempre em deia coses així, que m'esborronaven.

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Es verdad que me había puesto a vivir con él cuando ya no me gustaba demasiado, quiero decir cuando verlo ya no me hacía temblar, pero pronto me volvió a gustar muchísimo, bien cerca, i él era como si se muriera, y me decía que desde el día que le había pedido que me tirase agua para enjugarme no había tenido cinco minutos de paz como si un dios malvado le hubiera condenado a pensar solo en mí. Me hablaba de las noches que había pasado mirando nuestra barraca porque yo estaba dentro, y decía que según qué noches me veía con ojos de pensamiento de amor, y me veía salir de la barraca pero que yo no era de verdad, sólo una ilusión de mí, y que cuando me tenía cerca me abrazaba y cuando se despertaba de su sueño despierto se encontraba abrazado a la noche. Y siempre me decía cosas así, que me horrorizaban.

Siempre que leo algo de Mercè Rodoreda, ya sea un cuento o una novela, lo empiezo y lo termino de la misma forma: al leer la primera página me encuentro entre una nebulosa lírica y confusa, y cuando acabo la última los ojos se me empañan de lágrimas y mis labios esbozan una sonrisa boba. Aunque unas historias sean más buenas que otras, leer a Rodoreda es mágico, musical, especialmente en catalán, aunque dudo que en castellano esa magia se pueda perder, es prácticamente imposible. Por eso, cada vez que me acerco a un libro de Mercè Rodoreda que no he leído aún, tengo miedo. Miedo de encontrar un fallo, de que no me conquiste, de que no me encandile, de que no meza mi mente con su prosa y su vaivén característico. Miedo infundado, pero racional al fin y al cabo. Por suerte, El carrer de les Camèlies me ha hecho ver que Mercè fue humana y que también podía equivocarse. No, no me malinterpretéis, claro que me ha gustado, pero de las tres novelas que he leído (esta, La plaça del Diamant y Mirall trencat) ha sido la que menos, pero igualmente ha sido una lectura magnífica.

El motivo de esta pequeña decepción, si es que puede llamarse así a falta de una palabra más adecuada (mi cabeza se niega a asociar la palabra decepción con Rodoreda), ha sido que, después de Mirall trencat, había olvidado que la especialidad de mi Mercè son los personajes y ambientes marginales, y al encontrarme de lleno con ello, mi mente sufrió un pequeño shock y tardó en asimilarlo. Pero cuando me acostumbré lo disfruté más. La narración era exactamente igual como recordaba: bien cuidada, perfectamente escrita y hermosa; el ritmo, sin embargo, lo he encontrado más rápido que en las otras dos novelas suyas que he leído (seguramente debido a que la última fue Mirall trencat y en su tiempo interno transcurren casi más de cincuenta años). Las descripciones, por otro lado, las he encontrado como siempre, bien cuidadas y completamente poéticas -las comparaciones y metáforas que esta señora conseguía hacer son increíbles. Además, si con algo disfruto yo de esta autora es su capacidad minuciosa de crear un ambiente y una historia, llenándola de pequeños detalles que se repiten sucesivamente a lo largo de la novela logrando introducir símbolos y dotando de una continuidad creíble la vida de los personajes.

A la banda de Montjuïc es va alçar un coet. Seblava que hagués sortit del mar i va caure desfet com si un dimoni hagués esmicolat una estrella.

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En el lado de Montjuïc se alzó un cohete. Parecía que hubiera salido del mar y cayó desecho como si un demonio hubiese desmenuzado una estrella.

De los personajes, poco puedo decir, ya que son tantos que a penas se definen completamente y aparecen casi como un borrón que, a pesar de ello, influyen de manera muy importante en la vida de la protagonista, Cecília.
Cecília Ce, por su parte, es una protagonista un poco peculiar: tiene sus manías y vive para lucir y sentirse mujer. Es un personaje que sufre bastante, casi más, a mi parecer, que cualquier otra protagonista rodorediana que haya leído hasta el momento (porque Natàlia, al fin y al cabo, solo tenía que soportar unas palomas que la hacían volver loca, pero lo que Cecília vive no tiene nombre).

Dicho todo esto, creo que podría recomendar El carrer de les Camèlies (La calle de las Camelias) como obra de introducción a aquellos que quieran empezar a leer algo de Mercè Rodoreda, básicamente porque creo que puede gustar lo suficiente como para volver a querer a leer algo más suyo y así adentrarse entonces en La plaça del Diamant (La plaza del Diamante) para que os acabara de conquistar. El carrer de les Camèlies es, entonces, una obra musical y dulce a pesar de la cruda dureza de las situaciones que presenta. Al fin y al cabo, a Cecília la dejaron en una calle rodeada de flores.

Por último, me gustaría cerrar esta reseña con este artículo publicado en El País el 1983 sobre Mercè Rodoreda escrito por Gabriel García Márquez.

5 comentarios:

Sue 19 de septiembre de 2012, 14:27  

Matt sin duda es inevitable que no sé note en cada palabra de tu reseña cuando un libro te gusta, es algo que transmites y que indirectamente ya me despierta la curiosidad por el libro, aun tengo pendiente La plaça del Diamant, pero sin duda El carrer de les Camèlies queda apuntado para cuando mi lista de pendientes disminuya.
Nos vemos pronto *lo exijo* xD!

Andvari 20 de septiembre de 2012, 11:14  

Ya sabes lo que me pareció el artículo (la última frase me dejó medio tonta durante un rato), así que no comentaré nada más.

En cuanto al libro... También sabes que de Mercè sólo he leído Mirall trencat y que no pude amarlo más porque es imposible. Sí es cierto que siempre he querido leer sus otras novelas pero nunca me he atrevido, ya sea porque me apetecían más otras lecturas o porque, simplemente, se me olvida.

Ya veremos si al final me decido o no. ¡Un achuchón, Sir! ♥

claire 23 de septiembre de 2012, 0:02  

Pues ahora miraré si lo tengo y me lo leeré :) parece una buena novela, y como es de mercè rodoreda, seguro que es genial. Tu por tu lado ve buscando Aloma (seguro que si vuelves por la fira lo encuentras... jajaja), que me gustó mucho :)

Saludos!

Irene 25 de junio de 2014, 8:15  

Matt, ¡qué gusto encontrar a OTRO decubridor, lector, admirador de la Rodoreda! Yo llegué a ella, imagínate -no soy española ni catalana, soy mexicana y vivo en Nueva York-, por una reseña en el NYTImes de la traducción al inglés de sus cuentos en MI CRISTINA. El catalanista David H. Rosenthal la comparaba a Safo. Dices: "que la especialidad de mi Mercè son los personajes y ambientes marginales", y te doy toda la razón. Ella les da voz, como a esa Colometa, mujer del pueblo, que apenas puede expresar sus pensamientos, y logra comunicarnos tanto a través de su experiencia y su mirada entre inocente y azorada a lo largo de los años. Los cuentos son una maravilla. ¿Sabias que García Márquez la admiraba, y confesó alguna vez haberse inspirado, para una anécdota de su Dr. Juvenal (El amor en los tiempos del cólera), en el cuento "Una carta" (Mi Cristina). En este mismo aparece ese lirismo que te ha entusiasmado, y me deja sin habla: "...flores, manzanas, manzanos florcidos de blanco, blanca flor de manzano, flores esparcidas por tierra...". Ya. A lo largo de los años me he procurado sus libros traducidos al español, y hoy mismo podría releer con igual entusiasmo "La Plaza...", "Espejo roto", los Veintidós cuentos. He retomado los de Mi cristina.

Matt 25 de junio de 2014, 9:57  

@Irene: ¡Hola! Sí que sabía lo de García Márquez, pero no lo que señalas de que se inspiró en ella para el Dr. Juvenal (he de confesar que El amor en los tiempos del cólera se me atragantó, debería retormarlo un día); de hecho, al final de la reseña había incluido un artículo publicado por La Vanguardia en 1983 en que el escritor colombiano alababa a Rodoreda.
Yo aún tengo pendiente por leer Aloma y Cuánta, cuánta guerra... y la gran mayoría de sus cuentos (solo he leído unos pocos), pero este verano pienso poner remedio, al menos, a las novelas.
Es fantástico encontrarse a más entusiastas de Rodoreda, ¡gracias por tu comentario!

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