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viernes, 31 de enero de 2014

Y los sueños, sueños son

Decía Calderón. Bueno, decía Segismundo en la obra de Calderón.

sueñoOs confesaré algo: tengo una pequeña obsesión con los sueños. Ya sean los míos, los de otra persona o los que leo en libros. Los últimos son los que más me gustan; los primeros, los que menos, porque a veces me dejan todo el día descolocado. Así que si, a lo mejor, me veis distraído, más de lo habitual, tal vez es porque haya soñado algo. Pero no estamos hablando de mí, aquí hablamos de literatura, que para algo el blog se llama desde hace ya casi un lustro (Ô, le temps!) Lector Empedernido y no Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy Matías Ruedas.
Hay algo en los sueños de las novelas que me fascinan inmediatamente, algo raro, y por eso me atrapan, porque son raros, y si están escritos de forma rara, pues mejor. A veces el onirismo tiene una función decorativa, pero en otras ocasiones intenta decir algo sin decirlo, ¡ah, y qué típico de los humanos es esto!
¿Y a qué viene esta divagación repentina? La cosa empezó cuando me encontraba leyendo Aristotle and Dante Discover the Secrets of the Universe (reseña "en proceso") y me encontré con gorriones cayendo del cielo, como si fueran lluvia.

Everything was spinning but when I closed my eyes, the room was motionless and dark.
And then the dreams came.
Birds were falling from the sky. Sparrows. Millions and millions of sparrows. They were falling like rain and they were hitting me as they fell and I had their blood all over me and I couldn't find a place to protect myself. Their beaks were breaking my skin like arrows.

Y no sé por qué, pero a pesar de la violencia, a pesar de que los picos rasgaran la piel de Ari, a pesar de la sangre, me pareció una imagen tan inusual como magnífica. Gorriones cayendo del cielo. Tal vez no imagino la sangre, tal vez veo cómo antes de llegar al suelo, los pájaros convierten su caída en vuelo y planean a ras del suelo.

Entonces comencé a pensar en todos los sueños que había leído y en cómo todos me habían dejado con la misma sensación: encandilado por tal imagen, preguntándome cómo el autor conseguía ese efecto tan real y, a la vez, ilusorio, que me hacía sentir como si fuera yo el que acabase de despertar de un sueño. Me acordé del sueño de Armanda en Espejo roto (primero tenéis la cita en catalán, después en castellano traducida por mí).

La senyora Teresa somrigué: "Ara és vostè que m'hauria de parlar del seu somni." L'Armanda digué amb una certa melangia: "Sempre somnio el mateix; ja ho sap. Aquesta nit pasada, també." "¿L'àngel?" "L'àngel", afirmà l'Armanda. "¿Vostè volava amunt, com sempre?" "No, senyora. Jo estava en el meu llit i de dintre del llombrígol em començava a sortir un fum en forma de jo i que no acabava de ser jo." "¿L'ànima?", preguntà la senyora Teresa, tot aguantant un pastisset mig menjat a l'alçada de la boca. "L'ànima. I així que havia atravessat la teulada, s'acostava a ell (...). Jo, ànima, no tenia pits de tan petitons que eren... L'àngel, amb la ploma de les ales una mica rossa a les puntes, tenia la cabellera que semblava un glop de nit." La senoyra Teresa la interrompé: "No m'havia dit mai que tingués cabellera." "Les últimes vegades, sí. I m'agafava per la cintura, amb un sol braç com un cinturó, i amb l'altre braç enlaire i un dit estirat s'obria camí cap al cel. Jo, amb els peus penjant, mig desmasiada i mig eixordada pels batecs de les ales, em deixava agafar; volàvem més enllà del cel i ens assèiem damunt de la lluna fins que l'àngel se n'anava tot dient-me que tornaria. M'havia estès damunt d'una pila de pols de lluna dura com un roc... i tornava enamorat. I ara, senyora Teresa, prou." "Però les altres vegades el somni s'acabava quan s'asseien." "Sí, senyora, però un somni, si sempre és el mateix, es veu que canvia. Ja és prou misteriós que el somiï tant i tant. Ara, cada vegada que el somio, és diferent, i quan em fico al llit ja penso ¿com serà?" "Miri, Armanda, els pastissos que queden; mengi-se'ls abans de dormir perquè la dolçor li dugui el seu somni d'amor. No el deixi morir, Armanda… no el deixi morir mai."

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La señora Teresa sonrió: "Ahora es usted quien me tendría que hablar de su sueño". Armanda dijo con cierta melancolía: "Siempre sueño lo mismo; ya lo sabe. Esta noche pasada, también". "¿El ángel?" "El ángel", afirmó Armanda. "¿Usted volaba arriba, como siempre?" "No, señora. Yo estaba en mi cama y de dentro del ombligo me comenzaba a salir un humo en forma de yo y que no acabab de ser yo". "¿El alma?", preguntó la señora Teresa, aguantando un pastelito medio comido a la altura de la boca. "El alma. Y así que había atravesado el tejado, se acostaba a él (...). Yo, alma, no tenía pechos de tan pequeñitos que eran... El ángel, con las plumas de las alas un poco rubias en las puntas, tenía la cabellera que parecía un trago de noche." La señora Teresa la interrumpió: "No me había dicho nunca que tuviera cabellera." "Las últimas veces, sí. Y me cogía por la cintura, con un solo brazo como un cinturón, y con el otro brazo alzado y un dedo estirado se abría camino hacia el cielo. Yo, con los pies colgando, medio desmayada y medio ensordecida por el latido de las alas, me dejaba coger; volábamos más allá del cielo y nos sentábamos encima de la luna hasta que el ángel se iba diciéndome que volvería. Me había tendido sobre un montón de polvo de luna duro como una roca... y volvía enamorado. Y ahora, señora Teresa, basta." "Pero las otras veces el sueño se acababa cuando se sentaban." "Sí, señora, pero un sueño, si siempre es el mismo, se ve que cambia. Ya es bastante misterioso que lo sueñe tanto y tanto. Ahora, cada vez que lo sueño, es diferente, y cuando me meto en la cama ya pienso ¿cómo será?" "Mire, Armanda, los pasteles que quedan, cómaselos antes de dormir para que el dulzor le traiga su sueño de amor. No lo deje morir, Armanda... no lo deje morir nunca."

Hay algo en el sueño de Armanda, algo íntimo y oscuro, que hace que me sobrecoja. Aunque, realmente, es mucho más interesante el sueño que dice tener la señora Teresa, en el que el viento le gemía que el tiempo no existe, pero que ella lo tenía en sus manos y podía hacer lo que quisiera con él...

angelNormalmente, una obra literaria es un código que se tiene que ir descifrando para llegar a conocer lo que el autor quería decir sin decirlo, como el mismo sueño. El sueño es lo que escapa al personaje, es un código dentro de otro código, es algo meta, como os gusta tanto decir por Twitter; o tal vez sea tan solo una paranoia del autor, quien sabe, un "aquí voy a poner lo primero que me pase por la cabeza y que los críticos se peleen por buscarle un sentido". A veces me gusta pensar que es lo primero, porque no me siento solo; otras, me gusta pensar que es lo segundo, porque así me río un rato y vuelvo a ser consciente de lo absurda que puede ser la realidad, de cómo seguimos esperando a ese Godot.

Así que... ¿Los sueños, sueños son?

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viernes, 3 de agosto de 2012

The (Mercè Rodoreda) Experience II

The (Classic) Experience es una sección de Lector Empedernido -como si yo fuera el único intelectual que reseña clásicos- en la cual haré pequeñas reseñas de las novelas clásicas que vaya leyendo (desgraciadamente, son pocas). Esta sección es aperiódica, es decir, tendréis una entrega siempre que a mi me salga del monóculo.


Mirall trencat, Mercè Rodoreda

Esta es la historia de una casa, de un jardín abandonado y de tres generaciones de una misma familia. Es la historia de una joven que ayudaba a su madre a vender pescado en la Boqueria, de un broche de un ramo de flores brillantes y de un abanico con una manzana verde pintada en él. Es la historia de un armario nacarado en negro con dos soldados japoneses pintados en dorado en las puertas y de unas plumas de pavo real. De rosas blancas como puños, de un jarrón de cristal y hierro, de violetas, de columnas de mármol rosas, de unos pendientes de estrella, de una aguja de corbata con una perla gris y rosada, de un laurel, de tres cedros centenarios, de una laguna que, hacia el centro, tenía hasta siete palmos de profundidad... y de secretos.

Esta es la historia de un
espejo que refleja el tiempo... de un espejo roto.

"Jo, ànima, no tenia pits de tan petitons que eren... L'àngel, amb la ploma de les ales una mica rossa a les puntes, tenia la cabellera que semblava un glop de nit." La senoyra Teresa la interrompé: "No m'havia dit mai que tingués cabellera." "Les últimes vegades, sí. I m'agafava per la cintura, amb un sol braç com un cinturó, i amb l'altre braç enlaire i un dit estirat s'obria camí cap al cel. Jo, amb els peus penjant, mig desmasiada i mig eixordada pels batecs de les ales, em deixava agafar; volàvem més enllà del cel i ens assèiem damunt de la lluna fins que l'àngel se n'anava tot dient-me que tornaria. M'havia estès damunt d'una pila de pols de lluna dura com un roc... i tornava enamorat. I ara, senyora Teresa, prou." "Però les altres vegades el somni s'acabava quan s'asseien." "Sí, senyora, però un somni, si sempre és el mateix, es veu que canvia. Ja és prou misteriós que el somiï tant i tant. Ara, cada vegada que el somio, és diferent, i quan em fico al llit ja penso ¿com serà?" "Miri, Armanda, els pastissos que queden; mengi-se'ls abans de dormir perquè la dolçor li dugui el seu somni d'amor. No el deixi morir, Armanda… no el deixi morir mai."
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"Yo, alma, no tenía pechos de tan pequeñitos que eran... El ángel, con las plumas de las alas un poco rubias en las puntas, tenía la cabellera que parecía un trago de noche." La señora Teresa la interrumpió: "No me había dicho nunca que tuviera cabellera." "Las últimas veces, sí. Y me cogía por la cintura, con un solo brazo como un cinturón, y con el otro brazo alzado y un dedo estirado se abría camino hacia el cielo. Yo, con los pies colgando, medio desmayada y medio ensordecida por el latido de las alas, me dejaba coger; volábamos más allá del cielo y nos sentábamos encima de la luna hasta que el ángel se iba diciéndome que volvería. Me había tendido sobre un montón de polvo de luna duro como una roca... y volvía enamorado. Y ahora, señora Teresa, basta." "Pero las otras veces el sueño se acababa cuando se sentaban." "Sí, señora, pero un sueño, si siempre es el mismo, se ve que cambia. Ya es bastante misterioso que lo sueñe tanto y tanto. Ahora, cada vez que lo sueño, es diferente, y cuando me meto en la cama ya pienso ¿cómo será?" "Mire, Armanda, los pasteles que quedan, cómaselos antes de dormir para que el dulzor le traiga su sueño de amor. No lo deje morir, Armanda... no lo deje morir nunca."

Mi historia con esta novela se remonta hasta casi diez años atrás. Con la edad que tenía por aquél entonces, poco sabía de la programación que daban en televisión... para mí solo existían los animes que ya veía de niño y las series de dibujos animados. Pero el anuncio de una serie de TV3 llamó mi atención: unas escaleras, una mujer con un dominó violeta, un espejo que caía y que se rompía y un título, Mirall trencat. Años más tarde aún lo recordaba... y me sorprendió encontrarme con ese mismo título en el libro de lengua catalana. Desde entonces supe que debía leerlo, que Mercè Rodoreda me tenía preparado algo especial para mí, y ya pude casi afirmarlo con mi lectura de La plaça del Diamant. Y tuve miedo de leerlo, tuve miedo mientras leía Mirall trencat... temía que me decepcionase... pero no lo ha hecho. Creo que Mercè nunca podría decepcionarme.

La narración de esta novela es ligeramente diferente a la de La plaça del Diamant porque no está escrita en primera persona, sino en tercera, aunque este pequeño detalle no impide que nos sintamos próximos a los personajes. No obstante, el lirismo, que parece ser una característica inmanente en todas las obras de Rodoreda, estará allí para acompañarnos a la largo de la historia de la familia Valldaura. Además, también nos encontraremos con la puntuación especial de la autora, con la utilización de las comillas en los diálogos en lugar de nuestros amados guiones, e incluso, en ocasiones, con pensamientos entremezclados con descripciones. No negaré que en algunos momentos el estilo tan propio de la autora ha llegado a confundirme y he tenido que leerme más de dos veces un fragmento para entenderlo correctamente, pero puedo asegurar que esos momentos los podría contar con los dedos de una mano y que su belleza puede curar todos los males.

Por otro lado, es necesario destacar la estructura de esta obra, llena de anacronías, especialmente analepsis, que ayudan a conocer mejor a los personajes, su historia y su pasado, amén de otros pequeños detalles que enriquecen la historia y que lo conectan todo. También me gustaría destacar la temática de la novela, que parece ser un tema recurrente en los libros de Mercè Rodoreda: el paso del tiempo, su efecto sobre las personas y la psicología humana; entremezclados de forma magistral y que harán las delicias de todo aquel obsesionado con ellos -como un servidor.

¿Y qué podría decir sobre sus personajes? Pues no mucho, ya que por poco que dijera podría destriparos algún momento de la novela. Solo puedo decir que han conseguido fascinarme, todos y cada uno de ellos, con su profunda, compleja y marcada personalidad, y más de uno me ha sorprendido ya fuera para mal o para bien.

En definitiva, ¿lo recomendaría? Por supuesto. ¿Rodoreda ocupa ya un lugar más que especial en mi corazón y en mi estantería? Indudablemente. Tanto su prosa como sus historias han conseguido cautivarme, al menos ya en dos ocasiones y en algunos de sus cuentos, y estoy seguro que volverá a lograrlo con el resto de sus libros. En Mirall trencat o Espejo roto podréis encontrar una historia desgarradora de una casa, de un jardín abandonado y de tres generaciones de una misma familia que os conmoverá y os estremecerá a cada página.

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Imagen de título:

Las fotos originales de las cabeceras han sido buscadas en Wehearit.

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