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jueves, 12 de julio de 2012

Tres tristes tigres comen trigo durante tres años

Una vez más, como cada año, os habla el Matt del pasado.


Hace dos años, os dije que al empezar no tenía ninguna intención de que el blog se convirtiera en lo que se ha convertido, y hace un año os expliqué cómo surgió todo y de qué forma evolucionó.
Visto así, este año no tendría nada que explicaros. Podría pasar del tema, programar una simple entrada con una imagen de una tarta de cumpleaños y decir que el blog cumple tres años y, hale, viento fresco. Podría organizar un concurso, pero soy demasiado vago. Ese no es mi estilo. Supongo que soy masoquista, que me gusta escribir entradas kilométricas sin ningún premio al final por las cuales la gente normal no se interesa. Ah, pero así soy yo. Así es mi blog.
Así que esta vez me toca explicaros qué es para mí el blog y qué me ha aportado


Al principio, como bien sabéis, este espacio no era más para mí que una simple vía de entretenimiento, una forma de decir "ey, a mí también me gusta la literatura juvenil" que fuera exclusivamente mía, donde yo fuera el único soberano para así poder dar rienda suelta a mi humilde ego. Y de una afición, pasó a una profesión, una dedicación a la que entregaba la mitad de mi alma, mientras que la otra seguía ocupada con cuestiones escolares. Se convirtió, finalmente, en una vía de escape.

Así que pasaron los años, mi afán como lector creció y acabé leyendo clásicos. Comencé primero con Cumbres borrascosas, pero tal historia de pasiones desproporcionadas, de odio puro y venganza, me dejó tan conmocionado que descansé durante una larga temporada... hasta que cursé literatura universal y degusté a Kafka y a Shakespeare. Y en verano Salinger me perturbó, Austen me cautivó y Rodoreda me emocionó. Más tarde, Camus me entendió, Hesse me apoyó, y ahora mismo Woolf me confunde. Y a todo momento estoy dispuesto a compartir todas estas experiencias con vosotros.

Enlace
Ya veis, además de mucha gente que ha merecido la pena conocer, este humilde espacio ha conseguido que poco a poco fuera amando la literatura en todas sus formas (o en la mayoría de ellas). Además, es curioso que justo tres años después de ese momento de locura momentánea, producida por puro aburrimiento, en que decidí crear un blog sobre libros, llegue a saber a través de un SMS que estudiaré una carrera estrechamente relacionada con las letras y la literatura. El destino tiene su propio sentido del humor.

Yo, mientras tanto, seguiré investigando en la sección de clásicos de la Fnac, me picarán la curiosidad autores como Henry James y John Dos Passos y pensaré que tal vez no será una idea tan estrambótica el hecho de leer Anna Karenina o Los hermanos Karamázov (aunque se me vaya rápido de la cabeza). Eso sí, la visita a la sección juvenil, tan familiar y sencilla, no me la quitará nadie.

Verdaderamente, tres años pasan en un suspiro.


Entretanto, borremos de un golpe el tic-tac del reloj del tiempo.

Las olas, Virgina Woolf

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viernes, 29 de junio de 2012

The (Hermann Hesse) Experience

The (Classic) Experience es una sección de Lector Empedernido -como si yo fuera el único intelectual que reseña clásicos- en la cual haré pequeñas reseñas de las novelas clásicas que vaya leyendo (desgraciadamente, son pocas). Esta sección es aperiódica, es decir, tendréis una entrega siempre que a mi me salga del monóculo.


Bajo las ruedas, de Hermann Hesse

Hans Giebernath es el estudiante más prometedor de toda su localidad, y es por ello que tanto el director de su colegio como el párroco deciden presentarlo como único candidato al Landexamen, puesto que no hay otro joven del pequeño pueblo que sea tan capaz como él para enfrentarse a tal dura prueba. El Landexamen, podríamos decir, se trata de una especie de Selectividad para futuros estudiantes de teología: dura tres días; los candidatos se deberán examinar de latín, griego, alemán y matemáticas; y solo pueden aprobar unos cuantos, la recompensa de los cuales será entrar como seminaristas en el prestigioso monasterio de Maulbronn, donde proseguirán sus estudios de griego y comenzarán los de hebreo. Así pues, el mayor deseo de Hans, o el que considera como tal gracias a su padre y a sus profesores, es aprobar el Landexamen y convertirse en seminarista. No obstante... echa algo de menos; echa de menos las mañanas de pesca, las tardes tumbado en los verdes prados, la sensación de la hierba fresca en sus pies... el aire, el sol... pero las declinaciones del latín se le repiten incesantemente en su cabeza, acompañadas por una rítmica y sempiterna jaqueca, mientras intenta recordar los verbos irregulares griegos después de resolver un complicado problema de aritmética. En definitiva, Hans está pasando los peores días de su vida, los nervios le reconcomen, el dolor de cabeza no se calma, los exámenes le van mal y se siente desfallecer bajo las presiones de su entorno familiar y escolar... ya que aprobarlo no parece ser suficiente ni para el mismo Hans.

Entonces, al niño modelo Hans se le contrajo el corazón de dolor y de vergüenza, y no pudo evitar que mientras continuaba caminando, dando tropezones sobre el campo helado, le corrieran lágrima tras lágrima sobre las mejillas casi azules del frío. Comprendió que hay pecados y omisiones que no se pueden olvidar y que ningún arrepentimiento puede redimir; y le pareció que allí delante, sobre la camilla, no estaba el pequeño hijo del sastre, sino su amigo Heilner, que se llevaba consigo el dolor y la rabia de su traición, lejos, a otro mundo donde no cuentan las notas y los exámenes y los éxitos sino la pureza o suciedad de la conciencia.

Y así, Hermann Hesse me metió en su bolsillo. Es cierto que ya había leído otras obras del autor, como Demian y Siddhartha, y ambas me gustaron mucho, especialmente la primera, pero Bajo las ruedas se ha convertido en, de momento, mi novela favorita del escritor alemán (ya veremos cuando lea El lobo estepario, El juego de los abalorios y Peter Camenzind), principalmente por su temática: un joven asfixiado por los exámenes y por sus obligaciones académicas; cualquiera que haya sufrido alguna vez nervios por culpa de ello podrá sentirse identificado con Hans; además, el modo en que Hesse lo explica no podría ser más exacto y perfecto, reflejando la angustia, la ansiedad y la nostalgia del joven estudiante. Y es que precisamente ese era el objetivo de Hermann Hesse al escribir esta obra: denunciar la impersonalidad de la educación, que erradica toda mente libre y sensible.

La narración de Hesse se sitúa en un lugar a medio camino entre la prosa y la lírica, pues su estilo es frágil y cuidado, con palabras escogidas escrupulosamente para crear el efecto querido, y cuenta con las descripciones más bellas -y complejas, todo sea dicho- que he tenido la oportunidad de leer en el poco tiempo que llevo como lector de clásicos. Por otro lado, el ritmo de la novela es algo desigual, pero no por ello me ha gustado menos: hay escenas en las que va más lento y en otras acelera, pero es un factor necesario para el desarrollo de la trama y para que el autor consiga transmitirnos lo que pretende.

Los personajes son algo que también me ha gustado mucho y me ha sorprendido gratamente, empezando por el protagonista del libro, Hans Giebenrath, un joven inseguro en plena adolescencia atormentado por sus obligaciones académicas y que no ve más allá de ello. Puede que alguien tal vez llegue a ver su obsesión como algo realmente exagerado, y seguramente así sea (hasta yo tengo mis límites estudiando y este chico se los saltaba todos), pero lo que no está sin duda exagerado es el temor y los nervios del protagonista, los dolores de cabeza e incluso las pesadillas (ahora sí, considero que si no habéis tenido nunca una pesadilla antes o después de un examen muy importante, no tenéis sangre en las venas). El resto de personajes, como el padre de Hans, el zapatero Flaig, los compañeros de Hans (especialmente Heilner) y Emma, tienen una personalidad clara y definida, como si fueran auténticas personas que existieron en algún momento, de los cuales guardaremos sin duda una impresión o algún recuerdo.

De este modo, como ya habréis podido deducir, me inclino ante Hermann Hesse, le hago la ola y le monto un altar, y lo haré por su narración, por sus personajes (en serio, tanto de esta novela que he reseñado como de las otras que he leído, los personajes son totalmente asombrosos) y por todo, porque empiezo a pensar que no me decepcionará ninguna de las novelas que componen su obra. Por ahora, y hasta que escriba más reseñas de los libros de este señor, os recomiendo fervientemente leer Bajo las ruedas, sobre todo a aquellos que se sientan, así como el protagonista, aplastados por su educación y sus obligaciones, debilitados y rendidos, en definitiva, a todo aquel que esté bajo las ruedas.

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Imagen de título:

Las fotos originales de las cabeceras han sido buscadas en Wehearit.

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