The (Jane Austen) Experience III
The (Classic) Experience es una sección de Lector Empedernido -como si yo fuera el único intelectual que reseña clásicos- en la cual haré pequeñas reseñas de las novelas clásicas que vaya leyendo (desgraciadamente, son pocas). Esta sección es aperiódica, es decir, tendréis una entrega siempre que a mi me salga del monóculo.
Orgullo y prejuicio, de Jane Austen
A decir verdad, no hay nadie quien tenga tan presente esta regla universal como la señora Bennet, y aunque su comportamiento llegue a parecer exagerado o incluso ridículo, su situación no es para menos: cinco hijas, la mayor de las cuales ya raya los veintidós años, una renta escasa para tan amplia familia, y una hacienda que, a la muerte de su marido, pasará a un desconocido primo de este. ¿Cómo podría pensar en otra cosa que no fuera el matrimonio en tal situación?
Es por ello que la familia queda totalmente trastocada cuando Netherfield Park, una mansión de la vecindad, es alquilada por el joven, atractivo, soltero y, más importante, adinerado (¡5000 libras al año!) señor Bingley. ¡Y cuán afortunada se siente la señora Bennet cuando se percata de la evidente preferencia que siente el joven, atractivo, soltero y adinerado Bingley por su hija mayor, Jane!
Pero no todo iba a ser tan maravilloso: las hijas menores, Kitty y Lydia, son dos bobaliconas que se dedican a perseguir a los oficiales del regimiento acampado en Meryton. Y Bingley no viene solo: le acompañan sus altivas y clasistas hermanas y un amigo más rico que él (¡¡10000 libras al año!!), el señor Darcy, pero orgulloso, demasiado orgulloso, por lo que Elizabeth, la segunda de las señoritas Bennet, no tardará en despreciarlo y en jurar que jamás bailará con él.
—Reconozco —dijo Darcy— que no tengo la habilidad que otros poseen de conversar fácilmente con las personas que jamás he visto. No puedo hacerme a esas conversaciones y fingir que me intereso por sus cosas como se acostumbra.
—Mis dedos —repuso Elizabeth— no se mueven sobre este instrumento del modo magistral con que he visto moverse los dedos de otras mujeres; no tienen la misma fuerza ni la misma agilidad, y no pueden producir la misma impresión. Pero siempre he creído que era culpa mía, por no haberme querido tomar el trabajo de hacer ejercicios. No porque mis dedos no sean capaces, como los de cualquier otra mujer, de tocar perfectamente.
Darcy sonrió y le dijo:
—Tiene usted toda la razón. Ha empleado el tiempo mucho mejor, Nadie que tenga el privilegio de escucharla podrá ponerle peros. Ninguno de los dos toca ante desconocidos.
No, la sociedad de Austen no es victoriana. Normalmente se conoce por el nombre de georgian society, ya que este período histórico coincidió con el reinado de Jorge III; se trata de los años en los que Inglaterra se vio sacudida por la Guerra de Independencia Norteamericana, la posterior pérdida de las Trece Colonias, la Revolución francesa, las invasiones napoleónicas y el inicio de la Revolución
A partir de todo esto podemos entender el comportamiento de la señora Bennet y de sus hijas menores (Lydia y Catherine), ciertos deseos de la señorita Bingley y la reverencia que despierta lady Catherine de Bourgh en el señor Collins y en la mayoría de personajes de la novela..., excepto en Elizabeth Bennet. Efectivamente, todos los personajes que cumplen cada una de las características de lo que sería un individuo corriente de la georgian society son completamente ridiculizados mediante una aguda sátira a lo largo de la novela.
Sin embargo, Lizzy, la adorada y popular Elizabeth Bennet, la que la comunidad janeite alza como la mejor heroína de Jane Austen y su preferida (no me incluyáis en este grupo), tampoco queda libre de burla, no, al menos a mi parecer. El hecho de que el desprecio de Elizabeth hacia Darcy se inicie en un comentario tan banal como «No es lo bastante guapa como para tentarme» (algo que fácilmente podría haber olvidado), dice mucho del orgullo que también se encuentra en Lizzy, pero no solo eso: si nos fijamos, los sentimientos de Elizabeth empiezan a cambiar en cuanto visita a Pemberley, incluso bromea sobre ello con su hermana Jane. Por otro lado, podemos fijarnos en el propio Darcy, que si bien cuenta con una personalidad y una historia, podemos observar dos aspectos curiosos: que lo que más le define es ser el amo de Pemberley y de la mitad de Derbyshire y que su nombre es «Fitzwilliam»; en las
No podría acabar este intenso alegato, en que se ha convertido la reseña, sobre la sátira social que representa en realidad Orgullo y prejuicio sin hablar de la maravillosa prosa de Austen: me gusta definirla como «ordenada» porque ese es el efecto que produce, las palabras están donde corresponden y Jane Austen consigue con ello que pensemos lo que tenemos que pensar, que nos hagamos una idea determinada (aunque ello pueda difuminarse a causa del paso del tiempo). Pero lo que en realidad cabe destacar es la fina ironía austeniana, tan bien disimulada que a ojos de un lector ingenuo no es apreciable (en mi primera lectura, todo me lo tomé en serio, y así de poco me gustó), pero que a ojos de un lector atento y conocedor de esa sociedad, no dejará de despertar en él sonrisas divertidas y grandes y espontáneas carcajadas.
408 págs * 12,50€ * Ediciones Cátedra (Letras Universales)*Edición conmemorativa 30 años de Letras Universales*
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